Dimitri y el Instructor, una historia real

Era casi la hora de cerrar y en el bar sólo quedaban el camarero tras la barra, el instructor con su última consumición y aquel viejo hombre solitario y ajado que cada noche venía religiosamente con su uniforme de barrendero a beberse un chupito de whisky antes de ir a dormir

Zaragoza, España, Febrero de 2002.

Serían las miles de horas de vuelo acumuladas o simplemente la vida, que suma y sigue, lo que hicieron que el instructor pensara que aquel hombre escondía una historia de aviación tras la niebla que separaba su cara de la realidad.

No fue aquella noche, sino al cabo de varias más, cuando el instructor se le acercó y rompió el hielo con un par de frases. La respuesta fue sin duda interesante “no hablo muy fien tu idioma, me lliamo Dimitri, soy russo”

Desde el momento en que se estrecharon la mano sintieron que habían congeniado. Poco a poco, noche tras noche, el instructor fue coincidiendo con Dimitri e intercambiando gestos escasos pero sentidos hasta que un día éste le contó su historia.

Unos instantes antes Dimitri empezó a voltear poco a poco el chupito, frente a sus ojos y ligeramente a contra luz. Tras el líquido anaranjado le empezaron a venir los recuerdos, los recuerdos de una vida anterior en la que él era otra persona, un militar, oficial, con rango en las fuerzas áreas soviéticas, a cargo de una patrulla de ataque con carga nuclear. El color anaranjado del chupito de whisky quedaba cada vez más borroso hasta que se confundía en su mente con la imagen y el sonido de una sirena de alarma con su bombilla naranja y resplandeciente rotando en su interior, dando vueltas y más vueltas…

Y así empezó su relato, resumido en la madrugada de una noche de invierno con tormenta de nieve y ventisca en una base aérea al oeste de Varsovia, la sirena anaranjada del pequeño habitáculo de Dimitri suena igual de estridente que siempre. Como es habitual Dimitri se levanta de su camastro dando un salto y antes de abrir la puerta ya tiene medio abrochado su traje de vuelo. Nada más salir al pasillo el ruido de sus botas contra el suelo metálico se junta con la del resto del personal a la carrera, entre un vocerío de gritos y órdenes ininteligibles por el pasillo estrecho que lleva hasta la puerta del búnker que los separa del exterior, la abren y entonces el frío se apodera de todos los sentidos.

Dejando atrás la seguridad del reposo y avanzando a duras penas entre la ventisca, las siluetas recorren casi a ciegas una extenuante carrera esforzándose por terminar de aferrarse sus cintos, poniéndose el casco y sintiendo como el frio se apodera de su cuerpo en una agonía acelerada que les llena el pecho de partículas de aire tan gélido que casi hielan en sus pulmones. Por fin, Dimitri llega a la escalerilla de su Mig-21, en perfecto estado y listo para la acción.

Subir a cabina, cerrar, comprobaciones prácticamente a ciegas, radio, sistemas en marcha, encendido, post-propulsión, es todo una sucesión mecánica de accionamiento de palancas, botones, diales y clavijas mientras sus cuerpos tiemblan casi convulsan hasta que poco a poco recuperan algo de calor. Dimitri se encuentra ya en carrera de despegue seguido por los tres miembros de su patrulla tan sólo un par de minutos desde que empezara a sonar la alarma. Quinientos pies, mil pies, luego hasta los cinco mil, después rumbo directo a Zaragoza, apertura de los códigos de activación, comprobación final antes del silencio de radio y….”Enhorabuena camaradas”, Dimitri reconoce al instante la voz del Coronel de la base, “han batido todos los tiempos. Esto es un simulacro, repito, esto es un simulacro, vuelvan de inmediato a la base”.

Así era la vida de Dimitri, simulacro tras simulacro, separados por interminables esperas. Esperas terribles, esperas que implicaban la llegada de otra alarma… ¿sería otro simulacro o esta vez iría en serio?, ¿cuántos de los 4 aviones serían capaces de superar el camino a través de las defensas de la OTAN? ¿quién soltaría finalmente la carga? Y después ¿sería capaz de regresar? ¿qué le esperaría a su regreso? A veces, mientras repasaba mentalmente los procedimientos de la misión en su habitáculo, Dimitri sacaba de su bolsillo la foto de sus padres, la única familia que le quedaba. Los añoraba mientras acariciaba las esquinas roídas de esa vieja foto en blanco y negro que tomaba un matiz especial bajo la única luz de su habitáculo, la de estado de alerta, una luz roja, tenue, distante pero al mismo tiempo cálida y acogedora, era la luz de la vida, la luz que significaba la paz, la luz que le separaba de la alarma nuclear.

Así era la vida de Dimitri, hasta que un día llegó a su base y ya no era militar, ni oficial, ni tenía rango, ni avión, ni escuadrilla. “Ahora todo ha cambiado, nuestra querida patria se desmorona, ya no somos una potencia militar, no le necesitamos.”

Dimitri decidió entonces acudir a Zaragoza, decidió terminar sus días en la ciudad que un día estuvo a punto de someter a un apocalipsis nuclear y decidió dedicarse a limpiar sus calles y disfrutar, cada noche, de un chupito de whisky, olvidando otros tiempos, tiempos en los que el destino de una ciudad estaba en sus manos.

El instructor había escuchado atentamente la historia de Dimitri, disfrutando o lamentando los detalles según lo permitían. Desde aquel día, en un silencio prácticamente habitual, sin dirigirse la mirada siquiera en la mayoría del tiempo, el instructor y Dimitri compartían sin excepción los últimos momentos de cada jornada.

Dimitri murió al cabo de unos años en Zaragoza, como barrendero, sin que apenas unos cuantos supieran su verdadero pasado y enterrado en la tierra que debía haber convertido en polvo. También nos dejó hace poco el instructor, perdió la vida en un accidente mientras daba clase a un alumno que quería aprender a volar.

Y así la historia de la aviación junto con las grandes batallas aéreas, los increíbles prodigios de la ingeniería aeronáutica, los relatos y proezas de antiguos pilotos que fueron héroes y pioneros, suma y sigue cada día con las increíbles experiencias anónimas de individuos que han aportado su vida y sus sueños para cumplir su particular deseo de volar.